Tres antiguos principios para la integración del trabajo en casa

por | Nov 21, 2025 | All, Conciliación de la vida laboral y familiar, igualdad entre hombres y mujeres

24 de octubre de 2025

El conflicto entre trabajo y familia en nuestros días es un problema que necesita arreglo. Aunque debatimos diversas soluciones de política pública que podrían aliviar la tensión, por lo general, dejamos que cada padre resuelva la discordia por su cuenta. El resultado es una buena dosis de estrés cotidiano.

Durante mucho tiempo, la política estadounidense ha estado estancada en una rutina postindustrial. A ambos lados del pasillo, nuestros políticos asumieron que unos bienes y servicios más baratos servirían bien a todos los ciudadanos, por lo que se centraron en garantizar un fuerte consumo doméstico. La derecha estadounidense ha tendido a hacer hincapié en hacer crecer el mercado para lograrlo, mientras que la izquierda ha trabajado para redistribuir sus ganancias. Pero ninguno de estos enfoques promueve el bien supremo del hogar ni el pleno florecimiento de sus miembros.

Para comprender por qué los conflictos entre el trabajo y la familia en nuestra época parecen tan tensas, debemos recurrir a fuentes de sabiduría más antiguas. En este ensayo, propondré tres principios humanizadores para pensar mejor sobre las tensiones entre trabajo y familia, basados en las observaciones de Aristóteles sobre la primacía política del hogar, el cultivo de las virtudes en su seno y la madre de todas las virtudes: la sabiduría práctica.

El problema de la mujer de Aristóteles

Antes de pasar al pensamiento de Aristóteles sobre la política, la economía y las virtudes del hogar, permíteme que dedique un poco de tiempo a luchar con sus escritos sobre las mujeres.

En las últimas décadas, los estudiosos han prestado gran atención a los escritos de Aristóteles sobre la mujer. Y por una buena razón: sus textos han influido poderosamente en las tradiciones filosóficas y teológicas de Occidente, y más allá. No podemos hacer justicia aquí a ese legado, pero echemos un breve vistazo. En la Política, Aristóteles afirma que «el varón es por naturaleza superior, y la mujer inferior, y el uno gobierna y la otra es gobernada, y este principio de necesidad se extiende a toda la humanidad». La norma de Aristóteles sobre el gobierno masculino basta para que algunos estudiosos modernos ignoren por completo su obra. Tal vez sería más provechoso escudriñar en su pensamiento la naturaleza y la finalidad del gobierno.

En cuanto a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, Aristóteles escribe en su Generación de los animales que las hembras son machos «mal engendrados» o «deformados». A partir de observaciones científicas primitivas, concluye que el embrión femenino se crea cuando la reproducción humana sale mal. A estas afirmaciones morales y biológicas puede añadirse una tercera: que la razón de la mujer, dice en la Política, «carece de autoridad». Así pues, aunque las mujeres sean seres humanos con la capacidad distintiva de razonar, y aunque resulten necesarias para la especie humana por razones bastante obvias, las hembras humanas, parece concluir Aristóteles, de un modo u otro… carecen.

Durante milenios se ha debatido mucho sobre lo que Aristóteles quería decir con cada una de estas afirmaciones y con todas ellas juntas. Pero creo que es justo afirmar con bastante seguridad las siguientes interpretaciones: Aristóteles considera al varón como la norma humana, naturalmente superior tanto en términos de autoridad racional como de forma encarnada. La forma femenina de la humanidad, el sexo que se reproduce en sí mismo, es, según Aristóteles, inferior.

Corregir el legado aristotélico

Las observaciones de Aristóteles sobre las mujeres han hecho, comprensiblemente, que muchas de sus ideas clave resulten menos accesibles para nuestra época de lo que podrían ser de otro modo. Afortunadamente, es posible desvincular las opiniones de Aristóteles sobre las mujeres de sus ideas sobre las virtudes y el hogar. Se trata de un proceso de corrección en dos pasos. En primer lugar, debemos entender a las mujeres como plenamente incluidas en la definición aristotélica de lo que es ser humano. En segundo lugar, debemos ampliar nuestra comprensión de lo que es ser humano, porque esa categoría incluye plenamente a las mujeres.

Este proceso puede discernirse en el trabajo de algunos de los primeros defensores de la igualdad de la mujer. Tanto la intelectual del siglo XV y consejera de la corte Christine de Pizan como la filósofa del siglo XVIII Mary Wollstonecraft cuestionaron el legado de Aristóteles sobre la mujer, aunque trabajaron desde su propio marco de ética de la virtud. Pizan y Wollstonecraft argumentaron cada una a su manera que quienes tienen capacidad para la maternidad (las mujeres) son tan capaces de vivir de acuerdo con su razón y cultivar las virtudes como quienes tienen capacidad para la paternidad (los hombres). Estas mujeres corrigieron a Aristóteles desde un marco cristiano, trabajando a partir de la verdad revelada de que ambos sexos están hechos en Imago Dei. Como muchos otros eruditos notables, Pizan y Wollstonecraft cristianizaron así el aristotelismo heredado por Occidente.

Pensadores como Pizan y Wollstonecraft prepararon el camino para que los defensores de la mujer del siglo XIX hicieran llamamientos morales y legales en favor de los derechos de la mujer. Según ellos, las mujeres eran plenamente humanas, «criaturas racionales», cuyo pleno florecimiento dependía del cultivo de las virtudes. Socavaron la normatividad masculina de Aristóteles al sostener que la capacidad de la mujer para dar vida mediante la maternidad y la lactancia -y la relacionalidad existencial y la interdependencia que estas capacidades representan- forman parte de lo que significa ser plenamente humano.

Pero incluso cuando estos defensores revisaron el legado de Aristóteles, ambas mujeres trabajaron a partir de los principios aristotélicos fundacionales a los que nos referiremos a continuación. Y, como nosotras, ambas escribieron en medio de revoluciones transformadoras del mundo en las que la igualdad de dignidad de la mujer se veía especialmente amenazada. La obra de Pizan al final de la Edad Media muestra maravillosamente las grandes contribuciones económicas y cívicas de las mujeres de todas las clases dentro de la economía medieval, a pesar de la exclusividad masculina en los gremios y organizaciones similares. Wollstonecraft, por su parte, vio la amenaza de un nuevo régimen liberal que prometía elevar la libertad, la igualdad y la fraternidad sin garantizar que las mujeres fueran educadas virtuosamente como seres plenamente racionales y responsables.

Si queremos recuperar las ideas de Aristóteles sobre el hogar para que nos ayuden a pensar mejor sobre el trabajo y la familia en la actualidad -lo que ahora defenderé que deberíamos hacer-, su pensamiento debe examinarse con las aportaciones de pensadores como éstos.

Principio aristotélico número uno: la primacía del hogar

Para Aristóteles y sus descendientes intelectuales, el hogar era la unidad primaria y más básica de la comunidad humana, la primera sociedad necesaria, formada no sólo por padres e hijos, sino también por la familia extensa y los miembros no emparentados. Como tal, era -y seguiría siendo hasta la Revolución Industrial- la esfera más importante de la sociedad en Occidente.

Aristóteles observó que el hogar surge para satisfacer las necesidades de la vida cotidiana de una pareja y se basa en la cooperación interdependiente de sus miembros. Pero su fin último es el cultivo de la virtud y la amistad entre los miembros del hogar. Es importante destacar que esto incluye, en el mejor de los casos, la amistad virtuosa del marido y la mujer en el centro del hogar, que desean el bien supremo el uno del otro y cuyos hijos son el vínculo común de su unión.

Aunque de importancia primordial, para Aristóteles el hogar era una sociedad imperfecta. Era relativamente autosuficiente, pero no del todo. Para su pleno florecimiento, el hogar necesitaba una comunidad de otros hogares, y también necesitaba los bienes comunes -como la paz, la seguridad y la estabilidad- que sólo la polis puede proporcionar. De hecho, en su opinión, la polis era la forma más elevada, o más perfecta, de asociación, porque podía suplir las insuficiencias del hogar. Es decir, la esfera política se encargaba de proporcionar todo lo que los hogares y sus miembros necesitaban para prosperar y que no podían obtener de sí mismos. En otras palabras, la finalidad de la política era proporcionar el bien común .

Lo que nos sorprende inmediatamente del pensamiento político de Aristóteles es que no oímos hablar primero de individuos autónomos, mercados o gobiernos, como solemos pensar en los actores de nuestro tiempo. Oímos hablar primero del hogar. El propósito de la política, los mercados y el resto de la sociedad es promover el fin más elevado del hogar y de sus miembros: a saber, la actividad virtuosa, incluidas las amistades virtuosas encaminadas al bien mutuo.

Así pues, el primer principio que quiero entresacar de la obra de Aristóteles para nuestro tiempo: Los mercados deben seguir siendo auxiliares y estar al servicio de los hogares, y no al revés.

Aristóteles, en su Política, hace una importante distinción entre «gestión del hogar» (o productividad en el hogar para su uso) y «obtención de riqueza» (o lo que él llama producción «antinatural» para obtener ganancias). Ahora bien, sabe que lo que él llama el «arte de la adquisición» es necesario para gestionar el hogar. Sus miembros deben encontrar o producir las necesidades de la vida, o incluso intercambiarlas con otros en los mercados. Pero hay una especie de obtención de riqueza, de aumento ilimitado de dinero, de producción por mero afán de lucro o ganancia, que es impropia, escribe. Es impropia, o inadecuada para la felicidad humana, en la medida en que se origina en quienes están «empeñados sólo en vivir, y no en vivir bien».

Los mercados, el dinero y los beneficios deben seguir siendo accesorios al hogar y estar al servicio de sus bienes internos. Son un medio por el que los hogares pueden obtener las necesidades de la vida. Y como son secundarios, no deben distraer del objetivo superior del hogar, que es «vivir bien»: cultivar las excelencias humanas, especialmente de la amistad, que son, para Aristóteles, los elementos constitutivos de una vida feliz y plena.

La era industrial sacó el trabajo productivo y remunerado fuera del hogar, transformando el hogar de principal productor de la sociedad a principal consumidor. Esto ejerció una enorme presión salarial sobre sus miembros desde el exterior, subordinando el hogar al mercado. Como resultado, el trabajo remunerado fuera del hogar empezó a tener prioridad sobre todo lo demás. Por eso, «equilibrar» hoy el trabajo y la familia parece como si la familia, la amistad y los demás bienes de la vida tuvieran que encajar en las grietas dejadas por el trabajo asalariado. El trabajo de mercado es el rey.

La priorización de la obtención de riqueza para el consumo en la era postindustrial también ha tenido un enorme impacto en las relaciones de género. Tras la industrialización, las esposas que criaban a sus hijos pasaron a depender económicamente de sus maridos asalariados, que ahora dependían de los capitalistas industriales. En lugar de mantener una relativa autosuficiencia respecto al mercado, el hogar ha pasado a depender totalmente del mercado, e incluso en algunos casos a subsumirse en él. Y así, quienes dedican su tiempo a formar un hogar y a cuidar de los hijos son, ipso facto, económicamente vulnerables. Pero pocos, creo, ven la causa de fondo.

La derecha política suele infravalorar esta vulnerabilidad claramente femenina, centrando sus esfuerzos en mejorar el sustento masculino. La izquierda política, consciente de la vulnerabilidad económica de las mujeres cuidadoras, tiende a subestimar los complejos factores que la causan. En su lugar, centran su atención en el sustento femenino. Pero para abordar realmente el problema, habría que centrarse en situar el hogar moderno en el centro de nuestra política, como primera sociedad necesaria, con otras instituciones que apoyen su importante labor.

Segundo Principio: El trabajo más excelente del hogar

La labor más importante del hogar, para Aristóteles, es el cultivo de las virtudes humanas, o la formación de seres humanos excelentes. Para él, la excelencia humana es el camino hacia la felicidad humana.

Por supuesto, los miembros del hogar también deben realizar trabajos más mundanos. Aristóteles describe el trabajo del hogar como 1. el servil (que deteriora el cuerpo, como el trabajo manual); 2. el antiliberal (el menos necesitado de excelencia, como las tareas sin sentido o repetitivas); y 3. el excelente (el necesario para vivir bien). Así pues, aunque el trabajo servil y el iliberal son aspectos cruciales del hogar, la labor más importante de éste es cultivar las virtudes de sus miembros.

Es importante comprender claramente lo que Aristóteles -y también Pizan y Wollstonecraft- entienden por virtud. La virtud, en la tradición aristotélica, es un hábito cultivado de buen carácter. Las virtudes deben aprenderse y practicarse. Son disposiciones estables, o excelencias del alma, que facultan a una persona para actuar de acuerdo con el bien. La virtud del valor permite elegir bien ante el peligro o el miedo. La virtud de la templanza permite disfrutar de los placeres de la vida sin excesos serviles ni represiones ascéticas. Las virtudes nos permiten vivir libremente, según nuestro principio más elevado, la razón, en lugar de ceder a nuestros miedos y deseos.

Y lo que es más importante, el florecimiento humano, la auténtica felicidad, no se consigue teniendo pensamientos felices. Se consigue, explica Aristóteles, mediante la actividad virtuosa(energeia): una palabra griega acuñada por él que se traduce mejor por «estar en el trabajo». Es decir, cultivar las virtudes en uno mismo y en sus hijos -disfrutar de amistades de virtud, que apuntan a bienes reales- es el tipo más elevado de «trabajo» humano. Es el trabajo personal que ofrece a los seres humanos la libertad interior y la disposición estable para hacer el bien que debemos.

Considera la connotación totalmente distinta de la palabra «trabajo» en nuestros días. Con la escisión industrializadora entre el lugar de trabajo y el hogar, el trabajo asalariado basado en el mercado se convirtió en el prototipo del trabajo. «Trabajo» se hizo masculino: actividad productiva y asalariada. El «hogar» se convirtió en femenino: el ámbito del cuidado y el consumo. Con la industrialización, las mujeres perdieron gran parte del trabajo remunerado que habían realizado durante mucho tiempo junto con la crianza y formación de sus hijos, que también formaba parte del trabajo de sus maridos.

En realidad, todo trabajo -el trabajo del hogar, el trabajo de cuidados y el trabajo remunerado- brinda una oportunidad para cultivar las virtudes humanas, para llegar a ser plenamente humanos, capaces de formar amistades profundas. En una palabra, el «ser-trabajador» virtuoso nos hace capaces de darnos magnánimamente en generoso servicio a los demás. Los trabajos infantiles dentro y fuera del hogar proporcionan los medios para cultivar las virtudes también en los niños, virtudes que les capacitan para gobernarse a sí mismos: para convertirse en agentes valientes, templados, justos y sabios de sus propias vidas.

Tercer Principio: Sabiduría práctica

Cada una de las virtudes cardinales es importante para la libertad del ser humano hacia la excelencia. Sin embargo, una es la madre y guía de todas ellas: la sabiduría práctica. Aprender a reconocer y cultivar la sabiduría práctica, antaño llamada prudencia, es el último principio (y práctica) aristotélico que necesitamos recuperar. La sabiduría práctica es la capacidad aprendida de discernir lo que es correcto, bueno y justo en el contexto concreto de una circunstancia concreta. Yo llamo a esto «atender al deber del momento».

Podría decirse que podíamos cultivar más fácilmente la sabiduría práctica en la era premoderna. La vida agraria de subsistencia exigía una agencia creativa para responder a lo que el momento requería: ahora ordeñar la vaca, ahora alimentar al niño, ahora elaborar el queso. Hoy en día, vemos que muchas mujeres con hijos pequeños buscan flexibilidad en sus trabajos por encima de un salario más alto. Desean determinar sabiamente cuáles de sus deberes contrapuestos deben atender en el aquí y ahora en las distintas etapas de la vida de sus hijos. Yo digo que demos a esta excelencia humana su antiguo nombre.

Necesitamos hacer un trabajo mucho mejor, en nuestra era postindustrial, no sólo para comprender esa inclinación hacia un trabajo más flexible y remunerado, sino también para fomentar la práctica de la sabiduría práctica, tanto para las mujeres como para los hombres. Podemos hacerlo dando prioridad, en las políticas laborales y en nuestra política, al trabajo doméstico, que sigue siendo esencial: cultivar las virtudes que todos necesitamos para ser agentes libres, responsables y felices de nuestras propias vidas. Podemos hacerlo dando a cada hogar la autonomía para discernir qué es lo mejor para sus miembros dentro de sus circunstancias, sus dones, sus necesidades y sus deseos. La sabiduría práctica exige que cada miembro de un hogar anime y apoye a los demás miembros en sus dones particulares, al servicio del bien común del hogar. La sabiduría práctica rige el modo en que los miembros de cada hogar determinan -juntos- cómo llevar a cabo las responsabilidades siempre cambiantes del hogar, ya sean serviles, iliberales o excelentes. Y como virtud aristotélica, debe adquirirse mediante hábitos:debe practicarse.

La belleza de la sabiduría práctica es que, aunque todos debemos fijarnos en los ejemplares, cada hogar debe ser prácticamente sabio a su manera.

Muchas madres, y también algunos padres, reconocen que sus dotes particulares les capacitan para el trabajo doméstico tradicional. Este trabajo contrae las necesidades de mercado del hogar, limitando su dependencia del mercado moderno. De hecho, en nuestra época vemos un profundo interés por volver a aprender las artes, los oficios y las habilidades de las tareas domésticas, y no sólo entre las «tradwives» de los medios sociales. Cuando asistí a la universidad en Vermont hace treinta años, estaba en marcha un movimiento que se alejaba de la cultura del consumo y se inclinaba políticamente a la izquierda. Mi propia observación de estos hogares, de derechas y de izquierdas, es que sus miembros se entienden a sí mismos como económicamente interdependientes, y el trabajo de las amas de casa suele valorarse más que el del cónyuge asalariado. El derecho y la política deberían hacer más por apoyar la sabiduría práctica de estos hogares.

Algunos padres reconocen en sí mismos muchos menos dones y aptitudes personales para esas habilidades tradicionales de ama de casa, y mucha más capacidad para generar los tipos de bienes y servicios por los que pagan los mercados modernos. Pero este trabajo remunerado del que dependen la mayoría de los hogares modernos también debe subordinarse -o, mejor aún, integrarse- en esetrabajo humano más «excelente» de cultivar las virtudes en nosotros mismos y en quienes están a nuestro cuidado.

La auténtica integración de la vida laboral y familiar sólo será posible si empezamos a ver el vivir bien como el camino humano hacia la libertad y la felicidad, y la obtención de riqueza como un medio para vivir, y nunca como su fin. Sólo entonces, tanto nuestra política como nuestros lugares de trabajo darán al primer lugar de esa actividad culturalmente esencial -el hogar y sus diversos miembros dotados- el lugar de honor que merece. Como bien vieron Aristóteles, Pizan y Wollstonecraft, los bienes del hogar, y las amistades cultivadas correctamente en su seno, son la base de la amistad cívica, y también de cualquier otro bien político, económico y social.


Este ensayo es una adaptación de los comentarios pronunciados en el Programa de Mujeres y Política Pública de la Harvard Kennedy School. Aquí tienes un vídeo del acto.

 

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