Hombres y mujeres, iguales pero diferentes
Por la Prof. Dra. Nuria Chinchilla, original en español

Es necesario desarrollar una cultura que concilie razón y corazón, que respete a las mujeres, que les dé las herramientas necesarias para hacerse respetar, para mejorar su autoestima y ampliar su punto de vista. Esta necesidad surge, en gran medida, de las consecuencias que tiene para las mujeres, la familia y la sociedad la ideología de género, una ideología que, lejos de valorar la perspectiva femenina, la hace desaparecer bajo los focos de la teoría queer. La igualdad de derechos y oportunidades, indiscutible en el siglo XXI, se confunde sin más con la igualdad. Si hombres y mujeres son iguales desde una perspectiva biológica y psicológica, entonces la identidad femenina desaparece.
Hombres y mujeres son iguales en derechos, comparten el principio de la dignidad humana, pero no lo son en absoluto desde una perspectiva biológica o psicológica. Razonamos de forma diferente, nuestros cerebros manejan la información de forma diferente y también manejamos las emociones de forma diferente. Si esto no se comprende, el conflicto y la confrontación están asegurados.
Otra cosa es la existencia de prejuicios y estereotipos negativos que aún existen con respecto a las mujeres, como expresión y reminiscencia de una cultura que valoraba por encima de todo las capacidades físicas de los hombres. Todo lo femenino, en esta cultura, es malo, secundario, tonto y negativo, mientras que lo masculino es sinónimo de fuerza, superación y velocidad. Estos estereotipos acaban calando en las relaciones sociales y profesionales, y hay que vigilarlos.

La ideología de género del siglo XXI pretende llevarnos a un contexto en el que ser hombre o ser mujer no depende de la carga genética, sino de la propia percepción, aderezada por el contexto social. Tal hipótesis tiene sus raíces en la teoría queer, una corriente postmoderna que cuestiona las categorías universales y fijas de género y sexualidad, rechazando la normatividad impuesta en la sociedad. Surge como una crítica a las construcciones sociales de género y sexo, argumentando que son productos culturales y no naturales. Esta teoría busca desafiar las identidades tradicionales y promover la diversidad sexual, reconociendo la fluidez y complejidad de las identidades humanas. De esta manera, junto al sexo femenino y al masculino, aparecen una serie interminable de posibilidades, con independencia de la genética.
La falta de distinción entre lo femenino y lo masculino, lejos de promover la igualdad de oportunidades para las mujeres, genera confusión, conflicto y pérdida de identidad para ambos sexos. El sexo es una característica básica y determinante de la forma en que una persona se relaciona con los demás. El cerebro masculino y el femenino son diferentes y funcionan de forma distinta, y las hormonas también desempeñan su papel en el establecimiento de las diferencias. Esto no significa en absoluto que haya que infravalorar y descuidar un lado de la ecuación, al contrario, significa que la complementariedad es en sí misma un valor.
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Nuria Chinchilla
Professor of Managing People in Organizations at IESE Business School



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